Bajo el estado de emergencia climática: crónica sobre las movilizaciones sociales durante la COP21 en París

Por: Amaranta Herrero. Publicado en la Revista Opcions

Llegué a París la tercera semana de noviembre, para participar en las movilizaciones por la justicia climática que tendrían lugar de forma paralela a la celebración de la Convención de Naciones Unidas por el Cambio Climático (lo que se conoce por COP21), entre el 30 de noviembre y el 11 de diciembre del 2015. Yo, como mucha otra gente, estoy absolutamente convencida de que el cambio climático es el reto más grande al que se enfrentan las sociedades contemporáneas. Como muchas otras personas, llegué a París con mucho escepticismo en relación a las negociaciones oficiales -históricamente demasiado lentas, flojas e injustas. Estaba más interesada en participar de un movimiento global por la justicia climática que articulara colectivamente las exigencias mínimas para asegurar un futuro habitable y justo y, a la vez, sirviera como plataforma para hacer red, intercambiar experiencias, información y tácticas con individuos y grupos de todo el planeta que estuviera trabajando temas entrelazados con el cambio climático. En concreto, yo participé a través de una radio digital –Radio del Antropoceno– con la que se quería dar visiblidad a todo lo que la sociedad civil estaba organizando alrededor de la COP21.

París tenía una excusa para silenciar la lucha

Lo cierto es que el contexto socio-político en el que se desarrollaba la COP21 era especialmente difícil. El movimiento por la justicia climática se articulaba a través de Coalition Climat21, una coalición que agrupaba más de 130 organizaciones de la sociedad civil; desde sindicatos, grupos internacionalistas, ONGs ambientalistas o en defensa de los derechos humanos, hasta otros movimientos sociales más autónomos. Las movilizaciones por la justicia climática pivotaron alrededor de dos días fuertes: una gran manifestación el 29 de noviembre y un día de desobediencia civil masiva, el 12 de diciembre. De hecho, hubo activistas que se habían instalado en París tres meses antes de la COP21 para organizar y coordinar éstas y otras acciones. Sin embargo, a mitad de noviembre, los terribles atentados en París y la extensión del estado de excepción por parte del gobierno francés, cambió de forma determinante el curso y el tono de estos acontecimientos y movilizaciones. De un día para otro, a tan solo dos semanas antes del inicio de la COP21, hubo que modificar los planes que tanto habían costado de consensuar dentro del movimiento por la justicia climática porque el hecho de que hubiesen dos personas llevando un mensaje político en el espacio público había pasado a ser considerado ilegal. París se había convertido en una ciudad policial y las protestas estaban prohibidas alegando riesgo de más atentados terroristas contra grandes aglomeraciones humanas. Curiosamente, los partidos de fútbol y los mercados de Navidad se seguían permitiendo. Se trataba de un contexto de carácter totalitario extremadamente incierto en donde la protesta climática sufría una gran criminalización por parte del gobierno francés. De hecho, pocos días antes del inicio de la COP21, el gobierno francés puso a 24 personas bajo arresto domiciliario, de forma preventiva, por estar relacionados con el movimiento por la justicia climática.

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Representantes de pueblos indígenas protestando en París

El 29 de noviembre, el día anterior al inicio oficial de la COP21, lo empecé participando en una emotiva ceremonia indígena de sanación frente a la sala de fiestas Bataclan, uno de los lugares en donde hubo más víctimas debido a los recientes ataques terroristas en París. Hablando desde la posición de comunidades que están históricamente muy familiarizadas con la tragedia y las injusticias sociales (y que están también muy activas en la lucha contra el extractivismo), los pueblos indígenas de las Américas y del Pacífico ofrecieron canciones, plegarias y discursos a todas las víctimas, tanto a las de los ataques de París, como a las del cambio climático. De hecho, el movimiento por la justicia climática, muy acertadamente, también había conseguido enmarcar el debate sobre el estado de excepción en el contexto del Estado de Emergencia Climática en el que nos encontramos. La gran manifestación prevista para ese día tuvo lugar en muchos lugares del mundo pero en París, debido al estado de excepción, se convirtió en una gran cadena humana y en una congregación de zapatos vacíos en la Place de la République que evocaba los miles de manifestantes que debían haber llenado las calles de la capital francesa aquel día. Más tarde, las cargas policiales y las detenciones de unos 200 activistas y periodistas que habían quedado atrapados durante horas en République acaparó la atención de los medios de comunicación de masas. Una compañera de Radio del Antropoceno que estuvo retenida en la plaza por la policía durante varias horas nos fue relatando la represión policial y lo que fue viviendo durante aquellas horas.

Movilizaciones por tantas cosas ¡y tan cercanas!

Las dos semanas siguientes fueron intensas, repletas de actividades y acciones. A continuación relato algunas (pocas) de ellas:

  • Asistí a La Gaîté Lyrique para escuchar un recital de Kathy Jetnil-Kijiner, una maravillosa poetisa de las Islas Marshall –unas islas-estado del Pacífico que están desapareciendo por la subida del nivel del mar, consecuencia del cambio climático-, que combina arte y activismo en sus poderosos poemas. Si entendéis el inglés, os recomiendo encarecidamente escuchar el emotivo poema que recitó ante la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York, en septiembre de 2014.
  • Aquella semana, también asistí a la presentación de The Leap Manifesto, un plan para transitar hacia a una economía libre de combustibles fósiles para mediados de este siglo, elaborado por una coalición sin precedentes de autoras (entre ellas, Naomi Klein), artistas, sindicatos y activistas. Iniciado en el contexto de las últimas elecciones estatales canadienses, y con proyección internacional, el cambio climático se presenta, en el Leap Manifesto, no solo como una crisis existencial para las sociedades humanas, sino como una pieza fundamental para articular las políticas económicas y sociales, así como una oportunidad –o, mejor dicho, un imperativo- para construir un sistema económico y político más justo.
  • Además, durante el primer fin de semana de diciembre tuvo lugar El Pueblo de las Alternativas, que era la reproducción de un microcosmos de las alternativas ecológicas y justas a la crisis climática que tomó todas las calles y algunos edificios del emblemático barrio de Montreuil. El barrio se dividió por áreas temáticas: agricultura y alimentación; clima y energía; educación; movilidad; fabricación, reparación y residuo cero; medios de comunicación; economía solidaria, trabajo compartido y finanzas responsables; bienes comunes, biodiversidad y agua; consumo consciente; derechos, solidaridades y migraciones, y hábitat.
  • Dentro del marco de actividades de aquel fin de semana, formé parte, junto a representantes de instituciones municipales – como Augusto Barrera, ex-alcalde de Quito, y Gustavo Petro, el alcalde saliente de Bogotá, entre otros- de Transición ecológica y Derecho a la Ciudad, una mesa redonda donde se debatió sobre los retos de las ciudades ante el cambio climático, organizado por la Coalición Internacional del Hábitat y la Comisión de Inclusión Social, Democracia Participativa y Derechos Humanos de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos (CGLU). De hecho, esta misma entidad había organizado el mismo día por la mañana una reunión de alcaldes de muchas ciudades del mundo, incluidas Barcelona y Madrid, para hablar de cambio climático, en Saint-Denis. A esta reunión asistí como público y pude ver y escuchar a Ada Colau, Manuela Carmena y Gerardo Pisarello hablando, por primera vez y, a mi parecer, demasiado tímidamente, de este tema tan importante que, sin lugar a dudas, debería ocupar una mayor centralidad en las políticas municipales de ambas ciudades.
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El grupo Brandalism colocó 600 posters falsos, diseñados por 80 artistas de 19 países diferentes, por todo París para visibilizar los vínculos entre la propaganda de las grandes empresas y el consumo, el cambio climático y el uso de los combustibles fósiles
  • También durante aquellas dos semanas, desafiando el estado de excepción y el despliegue policial por toda la ciudad, tuvieron lugar una multiplicidad de acciones políticas sobre cambio climático de diferente índole, sobre todo fuera del centro de conferencias. Los focos de estas acciones fueron el sistema agroalimentario, la cooptación corporativa de las negociaciones de París (usando el arte urbano como táctica comunicativa), la movilidad, los derechos de los pueblos indígenas, los refugiados climáticos, la influencia de los lobbies de las industrias más contaminantes y la exclusión de las voces disidentes a SolutionsCOP21 (el acontecimiento de lavado verde corporativo más grande vinculado a la COP21), el importante rol de los bancos en la financiación del cambio climático, o la ampliación del aeropuerto de Notre-Dame-Des-Landes, en Nantes (Francia), por nombrar solo algunos pocos.
  • Algunas de estas acciones se articularon a través de Climate Games, una novedosa herramienta de apoyo para acciones creativas de desobediencia civil. Yo participé en Oil out of culture (el petróleo, fuera de la cultura), una acción que tuvo lugar fuera y dentro del museo Louvre, que denunciaba los vínculos entre la cultura y la industria del petróleo, y exigía que el museo rechazara el patrocinio (y lo que se conoce en inglés como artwash, que vendría a ser como “lavado de imagen a través del arte”) de la petrolera francesa Total. Dentro del museo arrestaron a diez activistas que posteriormente fueron liberados sin cargos.
  • Así mismo, también colaboré con la organización Global Anti-Incineration Alliance (GAIA), una red global que trabaja los temas de residuos y cambio climático, para hacer una foto-denuncia delante de la incineradora de Ivry en París, la segunda más grande de toda Europa que, pese a la oposición de grupos locales, ha recibido grandes subvenciones para ampliar sus instalaciones y su capacidad de combustión.
  • Además, también ayudé en la fabricación de pancartas y de grandes cubos inflables en el Jardin d’Alice, una comunidad de vivienda que había cedido parte de su espacio para transformarlo en el centro neurálgico de producción artística del movimiento por la justicia climática, donde se generaron, de forma frenética, prácticamente la totalidad de mensajes visuales que se utilizarían en las protestas de esas semanas.
  • También, durante el 7 y el 11 de diciembre, tuvo lugar en 104, un centro cultural al nordeste de la ciudad, la Zona de Acción Climática: un punto de encuentro donde tuvieron lugar decenas de talleres, charlas, proyecciones, debates y plenarios sobre cambio climático. De hecho, aquí presenté Stories from the Anthropocene, un proyecto que trabaja con las narraciones de cuentos tradicionales de diferentes regiones del mundo y pretende revisitarlas y adaptarlas al actual contexto de cambio climático.
  • En el 104, también participé en una sesión de preparación para la desobediencia civil, de cara a la segunda gran acción colectiva de esas dos semanas: la acción del #D12.
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Haciendo pancartas en el Jardin D’Alice

Marcando fuerte las líneas rojas

El 12 de diciembre, desobedeciendo una vez más la prohibición de las protestas del gobierno francés, más de 10.000 personas ocuparon durante una hora l’Avenue de la Grande Armée y después marcharon hacia la Torre Eiffel. El concepto principal de esta acción era el de las líneas rojas: todas las personas iban vestidas con algo rojo y transportaban inmensas pancartas rojas, algunas de más de 100 metros. El resultado era que la calle había sido tomada por una gran línea roja simbólica que representaba las mínimas necesidades que se debían cumplir para garantizar un futuro justo y habitable (por ejemplo una urgente transición energética, o justicia para las comunidades más impactadas). También hubo dos minutos de silencio en memoria de las víctimas del cambio climático y de las guerras. Dentro de la acción de las líneas rojas, yo me uní al Climate Change Sound Swarm, una fantástica intervención acústica que traía a la gran protesta roja la voz de los que no tienen voz pero están también presentes en esta historia: el sonido de glaciares derritiéndose, de pájaros en peligro de extinción, de animales enfurecidos, así como el sonido de un reloj, indicando el escaso margen temporal que nos queda para la toma de acciones políticas contundentes. Además, aquel día se convocó una ola de acciones directas no violentas que tendrá lugar durante Mayo de 2016 contra la industria de los combustibles fósiles, en Australia, Brasil, Canadá, Alemania, Indonesia, Nigeria, Filipinas, Sudáfrica, Estado español, Turquía y los EEUU. La noche del 12D celebramos la fuerza del emergente movimiento por la justicia climática en La Générale -otro centro cultural muy interesante de París que había albergado diversos eventos vinculados con el movimiento por la justicia climática durante aquellas semanas-, con fanfarrias reivindicativas, mujeres indígenas raperas y bailes comunales.
El acuerdo oficial: a estas alturas parece mentira, y exaspera, que pueda llegar a ser tan vacío
El 12 de diciembre también acabó con la adopción del Acuerdo de París sobre el Clima, que ha sido considerado por muchos gobiernos y medios de comunicación de masas como un momento histórico y un punto de inflexión en la lucha global contra el cambio climático. Sin embargo, como afirman muchas voces científicas y de la sociedad civil, representa un desastre épico a escala planetaria. Es, prácticamente, una sentencia de muerte para el planeta y para las sociedades que en él habitan, especialmente las más vulnerables. Incluso James Hansen, ex-director de la NASA y ‘padre’ de la conciencia por el cambio climático, considera que las negociaciones de París han sido un fraude.

Es descatable del acuerdo que ponga sobre la mesa la necesidad de descarbonizar las sociedades (aunque solo en la segunda mitad del s.XXI), que los objetivos sean ambiciosos, y que se mencione que se debe intentar parar el incremento de las temperaturas por debajo del umbral de +2ºC, y, a poder ser, por debajo de +1,5ºC; esta había sido una lucha histórica de 44 países miembros de la Alianza de las pequeñas islas-estado (AOSIS, en inglés), para las cuales aceptar un umbral superior a +1,5ºC representa un genocidio.
No obstante, el problema más grande del acuerdo es que no especifica qué se hará para no superar este umbral. Como afirma Oscar Reyes, del Institute for Policy Studies, para empezar, el acuerdo no entrará en vigor hasta el 2020, cuando las posibilidades de no superar el incremento de 1,5ºC ya habrán desaparecido.
Además, no hay objetivos vinculantes de reducción de emisiones. Básicamente, los países son libres de prometer lo que quieran, pero no hay sanciones si las promesas no se cumplen.
En materia de justicia climática, el acuerdo también se muestra muy flojo: no hay nuevos mecanismos de financiación climática para los países más pobres y vulnerables, cuando se debería concebir como una deuda histórica de los países más ricos, por tener más responsabilidad en la creación del problema. Tampoco se tiene en cuenta la necesidad de hacer reparaciones históricas por los daños que los países más ricos ya han causado a los más vulnerables; en el texto tampoco se reconocen los derechos de los pueblos indígenas.
Además, sorprendentemente, en el texto no se mencionan los combustibles fósiles (ni, por tanto, la necesidad de dejar enterradas gran parte de las reservas de petróleo, gas y carbón).
Ni tampoco se menciona el sistema agroindustrial, responsable de entre el 47-52% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.
Las emisiones de los vuelos y barcos internacionales siguen sin contabilizarse, y eso que tienen un impacto superior a las emisiones de Alemania o Corea del Sur.
El comercio de emisiones continúa siendo el instrumento principal que se prevé para la reducción de emisiones, cuando ha sido repetidamente demostrada su ineficacia en la lucha contra el cambio climático.

En realidad, el acuerdo del clima de París es papel mojado. Es, como mucho, un conjunto de buenas intenciones que están desvinculadas de acciones eficaces para reducir emisiones y que tampoco incorpora criterios de justicia social. En el mejor de los escenarios actuales de reducción de emisiones por parte de los diferentes países, todavía nos dirigimos a toda velocidad hacia un mundo de +3ºC para finales de este siglo. Esto nos llevaría a un territorio desconocido y extremadamente peligroso, con inundaciones frecuentes en las ciudades costeras por el aumento del nivel del mar, con graves impactos ecológicos en todos los ecosistemas del planeta y reacciones en cadena (lo que se llama ‘el punto de no retorno’ en los sistemas climáticos), que podrían alterar de forma profunda e irreversible nuestra capacidad de vivir en grandes partes del planeta, llevando a las sociedades hacia colapsos civilizatorios.

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Qué deberíamos hacer

A fecha de diciembre de 2015, ya vivimos en un mundo que es +1ºC más cálido y húmedo que el mundo en el que vivíamos antes de la industrialización.

Hacer frente al cambio climático implica cuestionar profundamente los patrones dominantes de organización y pensamiento social que nos han traído a la dantesca situación de desestabilización de los sistemas climáticos y ecológicos del planeta que estamos viviendo: las estructuras sociales, económicas, culturales y políticas.
Implica cambiar las estructuras actuales del sistema productivo, de plantar cara al extractivismo y dejar, por lo menos, el 80% de los combustibles fósiles enterrados bajo el suelo.
Implica acabar con las industrias más contaminantes, incluyendo la agricultura y la ganadería industrial.
Implica cambiar las dietas híper-carnívoras de las sociedades opulentas.
Implica, también, cambiar el sistema de movilidad de ciudades, regiones y países.
Se trata de caminar hacia el Residuo Cero.
Se trata de darle derechos al resto de la naturaleza (incluidos los animales no humanos).
Se trata, entre otras cosas, de decrecer: producir menos, consumir menos y reinventar lo que significa tener una buena vida para todas en un planeta finito y perturbado.

El éxito de París no ha sido, ni de lejos, el acuerdo del clima. Ha sido la reafirmación y el crecimiento de un movimiento global, diverso, creativo y radical sobre cambio climático y que afirma, superando los infértiles dualismos entre naturaleza y cultura: No defendemos la naturaleza. Somos la natura defendiéndose a sí misma.

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‘This Changes Everything’: What the Paris attacks mean for the climate protests

By Claire Fauset, on November 17, 2015, for New Internationalist blog.

Key organizers are pushing for the climate marches and protests to go ahead in Paris despite threats of a government clampdown (see last night’s press statements by 350.org and Climate Coalition 21). Claire Fauset, one of many climate justice activists planning to attend the talks, explains why it’s more important than ever to take action in Paris.

This changes everything. The title of Naomi Klein’s book on the urgency of the fight to stop capitalism destroying our planet was the phrase that immediately came to mind as the horror of the Paris terror attacks settled on my brain last Friday night. I was with friends recording poems and snippets for a radio project during the climate summit, and all our thoughts were already in Paris. (más…)

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Can the Paris Talks Save the Amazon?

During COP21, the International Rights of Nature Tribunal will also meet in Paris. Can Ecuador protect Yasuni National Park—and how can other countries learn from South America?

With tens of thousands of climate officials converging on Paris at the end of the month to seek an international agreement on global warming, environmentalists are reviving a controversial plan to protect a pristine stretch of the Amazon’s Yasuni National Park, which teems with biodiversity and is home to tribes living in voluntary isolation. (más…)

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Paris attacks – COP21 and the war on terror

By Oliver Tickell, The Ecologist, 14th November 2015.

Is it a coincidence that the terrorist outrage in Paris was committed weeks before COP21, the biggest climate conference since 2009? Perhaps, writes Oliver Tickell. But failure to reach a strong climate agreement now looks more probable. And that’s an outcome that would suit ISIS – which makes $500m a year from oil sales – together with other oil producers.

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Activists promise largest climate civil disobedience ever at Paris summit

Thousands expected to take part in ‘red line’ blockades of Paris climate summit, after two weeks of colourful protests that have been dubbed ‘the Climate Games’

To read this article in French, click here.

By , The Guardian. 8 October 2015. Retrieved from here
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Thousands of climate change campaigners have promised to blockade a major UN climate summit in Paris with what they say will be non-violent direct action on a scale Europe has not seen before.

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Condenados a desaparecer: países que se hunden ante nuestros ojos

Son muchos los que hablan de los riesgos que supone el calentamiento global, pero no todos los perciben como una amenaza real y tangible. Sin embargo, para miles de habitantes de archipiélagos como Vanuatu, Kiribati o las Maldivas, las consecuencias de este proceso ya se dejan sentir. Año tras año, tienen que vivir con la idea de que pronto sus países se hundirán por completo.

Por RT. Traducido por María Lekant. Extraído de aquí.

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World’s oceans facing biggest coral die-off in history, scientists warn

A third global bleaching of coral reefs is underway following a massive and persistent underwater heatwave
By , The Guardian.

Scientists have confirmed the third-ever global bleaching of coral reefs is under way and warned it could see the biggest coral die-off in history.

Since 2014, a massive underwater heatwave, driven by climate change, has caused corals to lose their brilliance and die in every ocean. By the end of this year 38% of the world’s reefs will have been affected. About 5% will have died forever.

But with a very strong El Niño driving record global temperatures and a huge patch of hot water, known as “the Blob”, hanging obstinately in the north-western Pacific, things look far worse again for 2016.

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